Uno nunca piensa en las partes terribles de la vida, ¿verdad? O por lo menos en esas que quedan lejanas. Pero al final la realidad te pone frente a todo lo incómodo, lo horrible, lo doloroso.
Yo he amado con locura, tal vez solo comparable al que sentí por N.
Visto con tiempo y perspectiva, creo que me enamoré a primera vista. Pasé mucho tiempo fantaseando con la idea de compartir tiempo con él. Cuando para mi todo estaba perdido, me sorprendió invitándome a comer. Poco a poco y sin yo entender cómo, estábamos juntos, felices y terriblemente enamorados. Ni siquiera recuerdo que estuviéramos en desacuerdo en algo durante el primer año. Cuando le miraba, solo sabía con certeza que quería pasar el resto de mi vida con el.
Pero la negrura, el abismo siempre vuelve la vista para mirarte.
Ahora sueño con esos momentos, con esas sonrisas y miradas de entendimiento.
Siempre le he pensado como el hombre de mis sueños.
Siento tristeza cuando pienso en que haya besado a otras mujeres y que a una de ellas fuera a darle su amor. También siento envidia de que otras manos hayan tocado su piel, que otra persona haya conocido sus intimidades y haya acariciado con los labios su cuello.
Ahora me parecen lejanos aquellos tiempos donde pareciera que las mujeres ni existían a sus ojos porque simplemente era feliz conmigo.
Ahora escribo esto, abrigada con su jersey y llorando porque jamás algo dolió tanto y jamás quise así.
Todo es triste.
Hace mucho conocí a Lucas. Más tarde conocí a A. y ahora siento que debo despedirme de ambos. Y también se que los lloraré toda la vida y, que en el fondo, solo quiero sentirme en sus brazos como en casa. Porque el siempre fue mi hogar.
Dalila.
Las velas de nuestra habitación
miércoles, 27 de noviembre de 2019
domingo, 24 de noviembre de 2019
Dios ha muerto, pero tú y yo seguimos aquí, Dalila
Hace un día lluvioso en Valladolid. Tres viejos amigos se reencuentran para hablar de sus vidas. Son jóvenes todavía, pero lo suficientemente viejos como para tener un buen montón de quejas, desilusiones, y sobretodo una enorme batería de frases deprimentemente nostálgicas. Es curioso cómo nos contamos nuestras vidas a nosotros mismos, entre nosotros. La historia de la desilusión. Cualquiera diría oyéndonos que fuimos grandes y brillantes guerreros, victimas de un destino implacable. Nada más lejos de la verdad. Es en momentos como este cuando nos mostramos terriblemente humanos y vulnerables. Ya no nos creemos nuestras propias excusas; hemos aprendido a dejar de tomarnos en serio. Ahora, aunque intentamos crearnos nuevas ficciones con las que poder vivir, somos conscientes de que solo somos cuentistas. Al fin y al cabo, nos hemos contado muchas cosas diferentes a lo largo de los años.
En mi caso me he contado muchas historias para sentirme mejor conmigo mismo. Cuando desperdicié años y años emborrachándome en la calle, sin estudiar ni trabajar, inventé la historia del escritor maldito e incomprendido que no podía adaptarse a una sociedad grotesca e inmoral. Pero no hubo nada más grotesco e inmoral que yo. El héroe de la historia siempre tiene una posibilidad de redención, su historia nunca se cierra hasta el final feliz. Pero con el tiempo descubres que así no es cómo funcionan las cosas.
Me viene a la mente uno de mis amigos de la adolescencia. Es una persona tan desapegada de la realidad que piensa que es una especie de mesías para la humanidad, que tiene un acceso privilegiado a una realidad superior. Se identifica con el mundo, con el Ser, con el Todo. Es una persona desgraciada y triste, pero durante un tiempo aquella fantasía realmente le convenció y pudo hacerle feliz. Lo más triste de todo es que este tipo de ilusiones son parásitos que se agarran fuerte con sus patitas en el corazón. Se convierten en tesoros. Por mucho que sufra mi amigo mesías, por muy desgraciado que le haga que su fantasía no se corresponda con lo real, su relato se seguirá clavando con más y más fuerza en su interior. Se dirá que su sufrimiento proviene del rechazo de la sociedad, de la cruel realidad de un mundo que ni le quiere ni le comprende. Ay, pobres ignorantes.
Nietzsche dijo que los hombres fuertes no tienen Dios. Puede que tenga razón, pero entonces yo todavía no he conocido a un solo hombre fuerte. Cada uno de nosotros tiene que creer en algo para seguir respirando.
Hay historias que nos permiten justificar cualquier maldad, otras nos colocan siempre como la víctima de todos los conflictos. Pero también hay otro tipo de historias. Estas historias no se cuentan, se construyen día a día en la realidad. Los seres humanos tenemos la capacidad de llevar al mundo nuestras ideas, valores, sentimientos. Podemos convertir nuestro amor en un ramo de flores, en un beso, en un abrazo. Somos capaces de esforzarnos en una carrera, de aceptar las frustraciones que conlleva la vida y aprender a reconocer que no siempre vamos a tener la razón, que no siempre hemos hecho las cosas bien y que hay algunas cosas que nunca nos vamos a poder perdonar. Estas historias no son cuentos, son realidades, y en lugar de contarse se hacen. Podemos autoengañarnos con ilusiones vanas, como el poeta que interpreta el rechazo de su obra como un fracaso del mundo y no como un fracaso propio. Pero también podemos evolucionar. Tenemos que ser maduros y valientes para reconocer nuestra culpabilidad, nuestra falta de talento, nuestros actos mezquinos.
Espero que algún día sea capaz de construir una historia de verdad. Los tres amigos se dijeron muchas mentiras aquella tarde, pero la verdad no deja de ser que ellos tres han sido capaces de apoyarse y escucharse durante casi diez años. Aunque fueran mentiras. Algún día, cuando todas aquellas ilusiones queden al descubierto, lo que subyacerá será una bonita amistad.
Y sobretodo, espero ser capaz de construirme un hogar junto a la persona a la que más quiero y ser la clase de persona que se merece. Espero que todavía sea posible redimirme. Este es el principio.
Te quiero.
En mi caso me he contado muchas historias para sentirme mejor conmigo mismo. Cuando desperdicié años y años emborrachándome en la calle, sin estudiar ni trabajar, inventé la historia del escritor maldito e incomprendido que no podía adaptarse a una sociedad grotesca e inmoral. Pero no hubo nada más grotesco e inmoral que yo. El héroe de la historia siempre tiene una posibilidad de redención, su historia nunca se cierra hasta el final feliz. Pero con el tiempo descubres que así no es cómo funcionan las cosas.
Me viene a la mente uno de mis amigos de la adolescencia. Es una persona tan desapegada de la realidad que piensa que es una especie de mesías para la humanidad, que tiene un acceso privilegiado a una realidad superior. Se identifica con el mundo, con el Ser, con el Todo. Es una persona desgraciada y triste, pero durante un tiempo aquella fantasía realmente le convenció y pudo hacerle feliz. Lo más triste de todo es que este tipo de ilusiones son parásitos que se agarran fuerte con sus patitas en el corazón. Se convierten en tesoros. Por mucho que sufra mi amigo mesías, por muy desgraciado que le haga que su fantasía no se corresponda con lo real, su relato se seguirá clavando con más y más fuerza en su interior. Se dirá que su sufrimiento proviene del rechazo de la sociedad, de la cruel realidad de un mundo que ni le quiere ni le comprende. Ay, pobres ignorantes.
Nietzsche dijo que los hombres fuertes no tienen Dios. Puede que tenga razón, pero entonces yo todavía no he conocido a un solo hombre fuerte. Cada uno de nosotros tiene que creer en algo para seguir respirando.
Hay historias que nos permiten justificar cualquier maldad, otras nos colocan siempre como la víctima de todos los conflictos. Pero también hay otro tipo de historias. Estas historias no se cuentan, se construyen día a día en la realidad. Los seres humanos tenemos la capacidad de llevar al mundo nuestras ideas, valores, sentimientos. Podemos convertir nuestro amor en un ramo de flores, en un beso, en un abrazo. Somos capaces de esforzarnos en una carrera, de aceptar las frustraciones que conlleva la vida y aprender a reconocer que no siempre vamos a tener la razón, que no siempre hemos hecho las cosas bien y que hay algunas cosas que nunca nos vamos a poder perdonar. Estas historias no son cuentos, son realidades, y en lugar de contarse se hacen. Podemos autoengañarnos con ilusiones vanas, como el poeta que interpreta el rechazo de su obra como un fracaso del mundo y no como un fracaso propio. Pero también podemos evolucionar. Tenemos que ser maduros y valientes para reconocer nuestra culpabilidad, nuestra falta de talento, nuestros actos mezquinos.
Espero que algún día sea capaz de construir una historia de verdad. Los tres amigos se dijeron muchas mentiras aquella tarde, pero la verdad no deja de ser que ellos tres han sido capaces de apoyarse y escucharse durante casi diez años. Aunque fueran mentiras. Algún día, cuando todas aquellas ilusiones queden al descubierto, lo que subyacerá será una bonita amistad.
Y sobretodo, espero ser capaz de construirme un hogar junto a la persona a la que más quiero y ser la clase de persona que se merece. Espero que todavía sea posible redimirme. Este es el principio.
Te quiero.
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